
Vanesa comenzaba a inquietarse, hacía más de 20 minutos que lo esperaba en la habitación de aquél motel, a pesar de saber muy bien que no era puntual y nunca llegaba a la hora que convenían, no conseguía guardar la calma.
Pero nada podía hacer, al relacionarse con ese hombre en cierta forma había aceptado las vicisitudes que tienen que tolerar las mujeres que salen con casados y ya era tarde para dar marcha atrás.
Vanesa era una fémina muy atractiva, morena de ojos profundos y vivaces, con curvas prominentes y voluptuosas capaces de atraer hasta las más esquivas miradas. Sus negros rizos contorneaban las delicadas y femeninas facciones de su rostro; toda ella era un ícono de feminidad y sensualidad.
A pesar de que su exótica hermosura le favorecía brindándole la posibilidad de tener al mejor de los hombres, Vanesa poseía cierta predilección o más bien una profunda debilidad por las relaciones tempestuosas y difíciles.
A esta mujer le gustaba sufrir por amor, por lujuria y por pasión, le excitaba el peligro de entregar su flor a los amantes más inverosímiles y superfluos, fantaseaba con poder derribar toda barrera y ganar su devoción por medio del sexo brutal y caliente.
Era tan ardiente y fogosa en la cama, que cada hombre que había pasado por su lecho jamás podía olvidarla, el olor de su morena piel quedaba impregnado en las manos de aquéllos amantes y les recordaba a diario el delirante placer carnal que Vanesa les hacía experimentar.
Recostada sobre las negras sábanas de seda y absorta en sus pensamientos, sin darse cuenta comenzó a admirar la desnuda imagen que le devolvía el espejo empotrado en el techo, observaba sus senos suaves y blandos con los pezones erguidos, la sensualidad de su pubis tímidamente depilado y el brillo del sudor sobre su piel.
Sumisamente sus dedos finos recorrieron la suavidad de sus curvas desde la tersura de su rostro, atravesando las colinas de sus pechos, haciéndole cosquillas en el abdomen hasta llegar a su vulva que mansamente se abría como una rosa ante la llegada del sol.
Vanesa sentía cómo su pelvis se encendía y de su vagina fluía la cálida humectación del sexo, sus piernas se abrieron y dentro de sí se formó un vació que pedía ser llenado hasta el hastío. Sin quitar por un segundo los ojos del espejo, se sumergió sobre los pliegues de su flor abriéndolos de a poco hasta dejar al descubierto el centro mismo del placer.
Llevó los dedos a su boca y los lamió hasta dejarlos totalmente empapados con su saliva; ella sonreía, le gustaba suministrarse placer, autosatisfacer los deseos de la carne la relajaba y preparaba para lo mejor que vendría después, cuando su amante la penetrara con el duro y enorme miembro que poseía.
Acariciándose vertiginosamente Vanesa se retorcía y gemía sobre la cama, una de sus intrépidas manos se adentraba en lo insondable de sus entrañas mientras la otra friccionaba su clítoris erecto y codicioso. Vanesa imaginaba él la embestía, que la tocaba, que manoseaba sus senos y descargaba todo el peso sobre su moreno cuerpo.
En pleno éxtasis abría las fauces y se estremecía contraída por cada orgasmo, con la espalda arqueada Vanesa jadeaba y sudaba, todo su ser estaba en llamas, su mente ardía al visualizar el cuerpo de su amado desnudo sobre el suyo. Con las piernas abiertas de par en par fornicaba su sexo con hambrienta destreza, sin quitar ni por un segundo la vista del cristal para excitarse hasta el límite.
De mil formas diferentes calmó las ansias de sexo; estallando por el clímax una y otra vez, su cuerpo abatido y delirante no conseguía aplacarse y ella lo complacía restregándose sobre las sábanas, explorando con varios dedos las hondonadas de su vagina dilatada y fregando tenazmente su clítoris hinchado y caliente.
Las horas pasaron y Vanesa sin notarlo se quedó dormida, tendida de espaldas, desnuda sobre las revueltas sábanas de seda negra frente al espejo que reflejaba su solitaria imagen.
El nunca llegó a la cita ni la llamó para justificarse, ella desde ese día comprendió que el amor de ese hombre no le correspondía y que nunca sería suyo, por eso cada noche se conforma imaginándolo sobre su piel, dentro de sus manos, tocando su cuerpo, calmando su sed y penetrando sus entrañas mientras observa su imagen reflejada en el espejo.
Publicado por afrodita en Relatos Eróticos el 1 Agosto, 2008



