Hacía tiempo que le deseaba, años más bien. El ingresó a la facultad junto conmigo y terminamos al mismo tiempo y gracias a las vueltas del destino nos tocó hacer la residencia en el mismo hospital.

Allí todas las demás médicas y las chicas de enfermería estaban locas por él, en verdad era un hombre apuesto, alto, de buen porte y con unos increíbles faroles verde esmeralda que parecían brillar como dos estrellas. Era imposible que una mujer no se fijara en su sonrisa, en esa boca carnosa y tierna que daban ganas de partir con un beso y en su personalidad, tan seductor, mujeriego y vivaz. Carlos era todo un Casanova.

Los días en que hacíamos guardia eran insoportables, debía verlo las 24 horas y ahogar las ganas de tirarlo sobre una camilla para hacerlo mío; debía contener mismanosque constantemente deseaban tocarlo y mi boca que se desarmaba por probar sus labios. Pero para Carlos esos momentos eran los mejores de su vida, aprovechaba los ratos libres para divertirse con alguna de sus muchas mujeres, las que por supuesto se peleaban por pasar un rato con él dentro del pequeño cuartito que usábamos para dormir un poco.

Yo moría, me carcomía la bronca y la envidia, quería ser alguna de ellas, deseaba meterme en su piel y estar ahí. Anhelaba ser yo a la que Carlos poseyera una y otra vez dentro del sucucho que teníamos por cuarto, quería que susmanosdesgarrasen el ambo y su verga dura penetrara en mi vagina mientras lo observara encima de mí y despatarrada sobre una camilla.

Una amiga a la cual le había confiado mis sentimientos me había dicho que si hasta el momento no había conseguido nada con él era porque yo no le demostraba interés y le daba la imagen de una mujer muy casta,  hasta podría decirse que frígida. Ella claramente me dio a entender que no tenía nada que envidiarle a las demás mujeres porque yo era mucho más bella y sexy, sólo que debía aprender a utilizar las armas que la naturaleza me había dado.

Después de meditar ampliamente sus consejos decidí poner fin a mi timidez y encararlo de una vez por todas. Ya no soportaba más el calor angustiante que emanaba de misexocada vez que lo tenía enfrente, ni las ganas de que en lugar de mismanossean las suyas las que me acariciaran el coño cada noche.

Esa tarde comenzaba la guardia semanal por lo que bajo el híbrido ambo verde pálido me calcé un conjunto sensual, transparente y minúsculo de color rojo. Antes de salir para el hospital observé mi imagen semi desnuda en el espejo y me dije: “Es hoy o nunca”. Terminé de vestirme y caminé hacia mi destino.

Por la noche todo estaba tranquilo en la clínica, hacía horas que no teníamos ninguna urgencia así que adelantándome a las arpías de enfermería, le propuse a Carlos ir a descansar un poco al “sucucho” como le llamábamos. A él le pareció buena idea ya que estaba bastante cansado, y al día siguiente le esperaba una jornada ardua.

Una vez en la pequeñita habitación, cerré la puerta con llave y sólo tuve que desabrochar mi ambo para que Carlos comprendiera la verdadera razón de mi invitación. Ahí nomás se me abalanzó con furia mientras tiraba mi ambo por el suelo y se apresuraba a quitarse el suyo, me levantó por las nalgas y acomodó mispiernasen su cintura mientras me colocaba sobre la camilla que usábamos por cama.

Despatarrada y con las bragas minúsculas ya colgando de uno de mis muslos, le ofrecí mí vagina abierta y mojada como una flor. El primero hundió sus dedos en ella para calentarme mientras sobaba una de mis tetas, yo agarré su verga ya erecta y lo masturbé con todas las ganas que acumulaba hacía tiempo.

Poco a poco se fue aproximando cada vez más a mi sexo, primero fregándolo contra el suyo mientras me besaba y sumergía su lengua para entrelazarla con la mía y luego embistiendo con furia haciendo entrar su pene en mi vagina la que se convulsionó con el primer vaivén.

Estaba excitadísima y sentía que tocaba la cima del éxtasis con mis dosmanosmientras agarraba fuerte sus nalgas y las presionaba contra mi coño. Carlos sabía cómo follarme, se restregaba contra mi sexo, entraba, salía y me sujetaba fuerte para penetrarme más profundamente. Gemidos escurridizos cargados de placer se colaban por mis labios a los cuales fallaba en mi intento de callar, luego dejé de preocuparme por ello y di rienda libre a mi satisfacción.

Recién terminábamos el primer polvo y cuando aún estábamos abrazados, sudados y unidos por nuestros sexos alguien tocó a la puerta. Era una enfermera que con cara de resentimiento nos comunicó que había una urgencia; yo por dentro maldecía sin cesar, pero era nuestro deber y teníamos que atender a esa persona.

Durante todo ese año Carlos y yo follamos tanto en el hospital como fuera de él, yo había conseguido acaparar todo sutiempo librey lo tenía solo para mí. Pero luego de terminar la residencia conseguimos trabajos en sitios separados y no nos volvimos a ver… hasta ahora que me trasladan al sanatorio donde él está trabajando y pretendo conseguir lo mismo que aquélla vez, pero eso amigos,… es otra historia.



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