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Cuando nos referimos a la sexualidad humana debemos considerar tres parámetros fundamentales que constituyen finalmente el comportamiento sexual de cada persona. Estos tres pilares sobre los que se asienta nuestra concepción del universo sexuado son “identidad de género”, papel de género” y “orientación sexual”.

La identidad de género la determina el padre del mismo sexo. En un varón será su padre, en una mujer será su madre. Se relaciona con cómo se siente la persona en su biología de hombre o mujer. Es en este aspecto donde suelen darse conflictos de identidad por la preponderancia de roles paternos o maternos, de unos sobre otros, afectando de este modo los modelos sexuales del hombre en formación.

El papel de género, en cambio, lo establece la sociedad en la que la persona se inserta. Se relaciona con lo que dicha sociedad “espera” de un individuo, de su comportamiento de tal o cual manera. Se arraiga en la niñez y es allí donde debemos ser cautos con expresiones del tipo “los hombres son fuertes y no lloran”, “las mujeres no se comportan así…”, etc.

Por su parte, la orientación sexual es lo que al individuo le apetece hacer con su sexualidad. Y aquí distinguimos heterosexualidad, homosexualidad y bisexualidad. Nótese que en la moderna psicología se habla de bisexualidad como una opción y no como un trastorno, situación que se dio en nuestras sociedades hasta no hace mucho tiempo.

Como siempre señalamos, en materia de sexualidad, no hay “bueno” ni “malo“, “correcto” o “incorrecto“. Las prácticas sexuales son un ejercicio propio de la libertad de cada persona, siempre y cuando no afecte a terceros. Recordemos que el espectro es tan amplio que no es exagerado afirmar que hay tantas sexualidades como humanos habitamos este mundo.



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