[Relato erótico] La noche de bodas

María era una hermosa mujer muy adelantada para su época a pesar de las habladurías, ella no ocultaba su constante apetito sexual. Desde que había entrado en la pubertad se encontraba excitada casi todo el tiempo y cuando no conseguía revolcarse con alguno de los sirvientes de la casa solía pasar largas horas masturbándose.

La joven amaba y necesitaba el sexo tanto como el aire para vivir, su vagina siempre dispuesta a ser penetrada la convertía en una especia de fiera devoradora de hombres.

En respuesta a su actuar desenfrenado, sus padres, fervientes seguidores de las costumbres de antaño, hacía tiempo que le estaban buscando un marido. A ella la idea no le agradaba en lo más mínimo, pero sabía que debía conformarse y sólo rogaba que el hombre elegido tenga una extrema potencia viril capaz de apaciguar sus voraces instintos sexuales.

Cierto día le comunicaron que habían encontrado al candidato ideal, era un renombrado médico de sociedad viudo y con una gran fortuna pero que, para desgracia de la joven, contaba ya con más de 70 años y era sabido que nunca podría seguirle el ritmo.

Por más que repudió la elección de sus progenitores finalmente tuvo que acceder. El día de la ceremonia conoció al que sería su esposo y las pocas esperanzas de satisfacción sexual se esfumaron. Luego de la gran fiesta llegó el momento de la noche de bodas, la cual le deparaba más sorpresas de las que podía imaginar.

Solos en la habitación su compañero le pidió que se desvistiera mientras él salía por un momento,  poco inspirada y con resignación, María se quitó el vestido quedando con sus braguitas blancas puestas.

Grande fue su asombro cuando finalmente su esposo regresó, el no estaba solo sino que venía acompañado de dos fornidos y morenos hombres. Con los ojos como platos la chica le pidió explicaciones a lo que este se limitó a responder:

-   Querida esposa, ambos amamos el sexo más que la vida misma, a ti te gusta fornicar hasta el cansancio y ser penetrada de todas las formas posibles. Pues bien yo siempre he soñado con eso pero al contrario de lo que crees, sólo deseo verte hacerlo, me excita observar, gozar sin ser partícipe y para ello sólo me hacen falta mis ojos y mis manos.

-    ¿Estás de acuerdo conmigo? ¿Deseas que estos hombres te satisfagan y te llenen con su semen hasta que sientas explotar?

María no podía creer lo que estaba escuchando, atónita simplemente atinó a esbozar la más grande de las sonrisas  y entregarse a esos dos cuerpos oscuros y viriles. Ambos la tomaron por los brazos y la condujeron hacia la cama donde uno de ellos le quitó las bragas de un mordisco.

La mujer ardía de deseo,  mostraba su vulva abierta y mojada invitando a que esos desconocidos bebieran de su néctar. Uno sumergió las fauces en el sexo húmedo y  el otro se colocó a horcajadas por encima de ella ofreciendo su miembro duro, la joven engulló ese trozo de carne al instante mientras vibraba por la succión y el placer que experimentaba.

Por su parte el marido observaba cada detalle del espectáculo  y acariciaba su añejo sexo con infinita devoción; tenía la boca entreabierta, jadeante y un hilo de saliva se colaba por los bordes de sus labios para fundirse con las gotas de sudor que inundaban su cuerpo.

María gemía cada vez más fuerte y se dejaba hacer por aquéllas manos que la manoseaban. La incorporaron y uno de los hombres se colocó por delante para lamerle los pechos y masturbar su clítoris, el otro por detrás introdujo su verga bien adentro para embestirla con furia.

A la joven no le alcanzaban sus dos manos, tomaba la verga de uno y se aferraba a los cabellos del que estaba detrás a la vez que lo besaba desenfrenada. Desde su lugar el anciano podía ver las lenguas al entrelazarse y el brillo del flujo de la mujer entre los dedos de su compañero.

Uno de los hombres se recostó sobre la cama, María se colocó a horcajadas sobre él, tomó su verga e inclinándose hacia adelante la introdujo en su sexo abriendo los labios de su vulva para que rozaran con el vello púbico del moreno a la vez que el segundo hombre le separaba las nalgas e insertaba su duro pene en el ano.

Los tres se contorneaban y jadeaban a la vez, mientras el anciano se desmoronaba de placer al ver la confusión de cuerpos sudorosos y febriles que se amaban con locura hasta acabar en una explosión de semen y fluidos vaginales que se mezclaban sobre las suaves sábanas de seda.

Desde esa vez, noche tras noche María, su esposo y los amantes gozan hasta caer rendidos y adormilados, uno junto al otro sobre el acogedor y blanco lecho nupcial.


Publicado por Afrodita en Relatos Eróticos el 7 Noviembre, 2008

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    1. ester

      Me encanto… me gustan los hombres com vergas grandes y gordas … este relato me hiso sentir a los dos negros… ricooo… ojala mi marido me regalara solo una noche asi…

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