Sofía era una mujer madura que mantenía el aspecto juvenil de sus mejores años. Hacía 10 que estaba casada y su vida era todo lo contrario a lo que alguna vez había soñado.
Vivía inmersa en un matrimonio rutinario y aburrido. Su marido era un buen hombre, trabajador y respetuoso, pero había perdido la chispa de antaño, la pasión y el deseo de la carne. Contadas veces la tomaba, casi siempre era cuando él tenía ganas de satisfacerse pero olvidaba por completo el placer de ella, acabando en un minuto y durmiendo al siguiente.

Esta falta de consideración, de interés y de amor le dolía a la mujer que en silencio reprochaba su actitud. Del fuego que antaño existía en el miembro de su marido ahora quedaban cenizas, pequeñas brazas que dos o tres veces al mes ella recogía diligente sin sentir un ápice de calor o satisfacción.
Por eso se conformaba con el escaso placer que podía procurarse cuando él partía hacia el trabajo. Cada día Sofía se sumía en un ritual sexual en el que hacía uso de todo instrumento que encontrase, escondida en la intimidad del baño se masturbaba hasta alcanzar el clímax.
Una mañana tuvo que salir temprano de casa y no contó con el tiempo suficiente para satisfacerse, debía realizar unos trámites en la cuidad y el viaje era demasiado largo. Acalorada por la prisa llegó a la estación de trenes y junto con un malón de gente ingresó al vehículo.
El lugar estaba tan atestado que apenas podía moverse pero entre empujones logró hacerse camino para sujetarse a uno de los caños del vagón. Odiaba viajar de este modo, el olor a humano, el encierro y el roce con otros cuerpos no le agradaba en lo más mínimo.
Como el trayecto era largo decidió abstraerse y sumirse en la erótica imaginación que aquélla mañana no había podido satisfacer. Mientras se encontraba ahondada entre los brazos del actor que tanto la excitaba una peculiar presión contra sus nalgas la arrancó del delirio.
Discretamente volvió su cabeza hacia atrás y vio la figura de un fornido hombre colocado estratégicamente a sus espaldas. Primero pensó que fue por accidente, pero al segundo comprendió que ese extraño le estaba apoyando su sexo a propósito.
Sorprendida y aún sin comprender su reacción, se encontró a sí misma disfrutando ese contacto. Su vagina se humedecía con la presión de esa verga dura y los pezones comenzaban a notarse erectos bajo la blanca blusa que los cubría.
La falta de reacción de su parte dio a entender al extraño que accedía y disfrutaba del contacto por lo que, con el resguardo del amontonamiento de gente, deslizó una de sus manos bajo la falda de para acariciar esa piel que se erizaba con el roce.
Sofía arqueó su cintura para estar más cerca del miembro, abrió ligeramente los muslos y dejó que unos gruesos dedos encontraran el camino hacia su húmeda vagina. El vaivén del vehículo y los movimientos constantes de esa mano la hacían temblar de satisfacción.
Ahora el extraño estaba totalmente aferrado a ella, con una mano sobre su coño y la otra en la base de sus senos restregaba su pene contra las nalgas que deseaban abrirse. Sofía sentía cómo el aliento caliente del hombre le humedecía el cuello mientras le susurraba las ganas que tenía de penetrarla.
Ella sólo se limitaba a responder con gemidos ahogados y recurrentes, su vagina mojaba la mano que no cesaba de sobarla. En verdad aquél extraño era un haz, con dos de sus dedos aprisionaba el clítoris mientras que con los restantes penetraba la húmeda cavidad de la vulva.
Sofía intentaba contenerse y disfrutar cada momento alargando la llegada del orgasmo que ya golpeaba sus puertas. Inclinaba ligeramente la pelvis hacia adelante y volvía a la posición inicial, una y otra vez jugando con las manos calientes que se desesperaban por poseerla.
Un relámpago partió de su sexo y recorrió cada ápice de su cuerpo haciéndola estremecer. Sofía se mordió los labios, cerró los ojos y se dejó llevar por las oleadas orgásmicas que la inundaban haciéndola temblar.
El extraño sonreía y todavía sujeto a su cintura con voz ronca le dijo suavemente al oído:
-Te espero mañana, a la misma hora y en este mismo lugar.
Sofía no llegó a responderle, sólo asintió con la cabeza y cuando se dio la vuelta éste ya se había mezclado con el gentío que descendía en la estación dejando el vehículo casi vacío.
Publicado por afrodita en Relatos Eróticos el 10 Octubre, 2008
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