mar
13
2009
Esa tarde el metro estaba casi vacío por lo que pude darme el gusto de tomar el asiento que quisiera, contenta por la buena noticia, me acomodé y me dispuse a escuchar música porque el viaje de regreso a casa era bastante extenso. No fue sino hasta un rato largo de haber subido que le noté.
En un principio percibí que una mirada penetrante me observaba, recorrí visualmente todo el metro hasta que di con el dueño de esos fuertes ojos. Ese hombre tenía la vista puesta fija en mi persona, seguía cada uno de mis movimientos y prestaba atención a cada detalle.

Al notarlo me invadió una sensación de pavor que luego cedió lugar al disgusto; él no mostraba siquiera un ápice de disimulo ni para ocultar sus deseos más oscuros que dejaba abiertamente al descubierto relamiéndose los labios mientras yo cruzaba las piernas. Decidí hacer que le ignoraba y mientras simulaba que no le prestaba atención, con el rabillo del ojo le vigilaba.
Sus acciones pasaron luego comenzaron a gustarme, sin siquiera inmutarse por lo público del lugar metía su mano en el bolsillo y claramente se masajeaba el miembro que se notaba tieso como un mástil bajo sus pantalones, como tenía la cremallera a medio subir alcancé a ver su vello púbico y la base de su pene.
Estaba claro que de haber sido posible el extraño me habría tomado por la fuerza para follarme con toda la furia contenida que emanaba de sus ojos. Nunca en la vida había tenido el placer de generar ese grado de excitación en un hombre lo que me hizo fantasear con ser poseída por aquélla criatura caliente, desprejuiciada y sexual que me acechaba.
Con desgano me percaté de que ya debía abandonar el metro, por ello tomé mis cosas, me incorporé y mientras descendía le dediqué una mirada pícara y confidente al mirón que me acompañó en el camino.
Mi casa quedaba a unas cuantas cuadras de la estación, pero no las suficientes como para que se justifique tomar un taxi y sin dudarlo emprendí el camino a pie. Ya había comenzado a anochecer y los negocios estaban cerrando, en las calles reinaba una cierta soledad típica de los viernes por esas horas.
De repente me sorprendió la misma sensación que había experimentado en el metro, me sentía observada, perseguida y escudriñada. Miré para todos lados hasta cerciorarme de que nadie venía tras mis pasos pero cuando me di la vuelta sólo me seguía mi sombra.
Seguí caminando justificándome que el episodio del metro me había dejado un tanto turbada y mientras trataba de auto convencerme unasmanosfuertes me tomaron de la cintura por detrás y un aliento caliente humedeció mis orejas. Asustada me di la vuelta y descubrí que el extraño me había seguido, de seguro había bajado en la misma estación y buscó el momento propicio para acercarse.
Cuando le reconocí no experimenté miedo, sí una sensación de absoluta de inmovilidad. No podía reaccionar o ahora que lo pienso quizás no quería hacerlo y deseaba ver hasta donde él pensaba llegar.
El extraño se limitaba a olerme, pasaba su nariz por entre mis ropas para olisquear el aroma de mi cuerpo lenta y profundamente. Primero fue mi cabello, luego descendió hasta el cuello para continuar bajando y asomar su rostro por entre mis tetas. Los botones de mi blusa dejaban escapar mi sugerente escote por ello su nariz se vio encarcelada entre mis senos, el calor de su piel y de su aliento hicieron que me mojase al instante.
Le deseaba, quería sentir esasmanosdespiadadas recorriendo mis muslos, mi pecho y mi vientre, por eso entregué mi ser completo al designio de sus deseos. Apretándome con furia de las nalgas me estrecho contra una pared y subió mispiernaspara que abracen su cintura.
En tan solo unos instantes corrió mis bragas de lugar, abrió su cremallera e insertó un miembro de medidas descomunales en mi vagina hambrienta de sexo. Ahí en medio de la calle, camuflados por la penumbra del anochecer fornicamos como dos animales en celo, con mispiernasentrelazadas en su cintura y mis uñas calvándose en sus nalgas el extraño bombeaba dentro mío con potencia.
Yo podía respirar su aliento, besar sus labios carnosos y percibir el sabor dulce de su boca. La situación, el anonimato y la exposición hicieron que gozara hasta no poder soportarlo. Orgasmos de dimensiones colosales contraían mi vagina y me hacían gritar como una gata pero no cesaba de pedirle que me diese más y más.
Entre espasmos y temblores el extraño sacó su miembro de mi vagina en el instante mismo que su semen fluía a borbotones, mojando mis muslos y salpicándome la falda. Se incorporó, acomodó sus ropas, recogió el contenido de mi bolso que había quedado desparramado por el suelo, me besó apasionadamente y así de repente como apareció se disipó entre las penumbras.
Desde esa noche trato de tomar el metro a la misma hora porque quizás tenga la misma suerte y pueda volver a encontrarlo.
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