Ya lo habíamos decidido, teníamos que terminar la relación porque la situación nos superaba y todos comenzaban a sospechar. Su mujer y mi marido se habían convertido enavesde rapiña expectantes y vigilantes esperando pacientemente la oportunidad de atrapar a su presa.

No podíamos arriesgarnos más, nos jugamos demasiado en cada encuentro y ninguno de los dos quería perder lo que tenía en casa pero como lo nuestro era tan intenso nos merecíamos la posibilidad de despedirnos en aquélla habitación de hotel que conocía cada palmo de nuestros cuerpos.

Esa mañana desperté muy ansiosa, di parte de enferma en el trabajo mientras mi marido se duchaba y luego silencié la campanilla del teléfono por si alguien de la oficina llamaba en mi ausencia. Me cambié con total normalidad y me despedí de mi esposo que me saludó con un beso seco en la mejilla mientras me miraba con recelo.

Afuera llovía a cántaros y estaba algo fresco, tomé el pilotín y el paraguas mientras cerraba la puerta de casa tras de mí.

Para calmar laansiedaddecidí caminar hasta el hotel a pesar del temporal. Con paso apretado circulaba como un ente por las calles sumida en mis propios pensamientos, ni siquiera sentía cómo el frío erizaba cada pelo de mi cuerpo y mantenía erectos mis pezones que se dejaban ver bajo la ropa. Solo pensaba en él, en el olor de su piel, en sus brazos rodeando mi cuerpo y en susexopenetrándome con fuerza y bravura.

Cuando llegué al clandestino nido de amor mis pies estaban empapados pero no tanto como mi vagina, llamé al conserje y pedí las llaves del mismo cuarto que tantas veces cobijó nuestro placer, me las entregó en la mano mientras me decía con sorna “El señor la está esperando”.

Ya frente a la habitación me paré en seco, inmóvil apretando la llave entre los dedos pensando si en verdad quería que esa fuera nuestra última vez. El pareció advertir mi presencia, abrió la puerta y me derritió con su sonrisa, sin dudar me dejé llevar por susmanosque me tomaban e impulsaban hacia adentro.

Mi corazón daba vuelcos mientras lo besaba y abrazaba con una mezcla de tristeza y pasión. Cerré los ojos, me dejé llevar por el fuerte impulso de mi cuerpo y dócil como una seda me cobijé entre sus brazos aspirando hondo como tratando de conservar el olor de su piel, su esencia de hombre.

Desesperada desgarraba sus ropas,  me aferraba a su carne para hacerla mía y no perderla nunca, arrodillada frente a él tomé su miembro duro al que lamí con absoluto esmero, recorriéndolo en todas direcciones y succionando sus jugos que me parecían lamielmás dulce hasta hacerlo acabar en mis fauces dándole a entender que siempre le pertenecería.

Recostados sobre el lecho nuestros cuerpos desnudos se rozaban y yo palpaba su anatomía con lasmanosciegas tratando de retener intacta en mi memoria la forma perfecta de su carne junto a la mía. A su lado me sentía completa, viva y por sobre todo mujer.

Durante las pocas horas que teníamos nos amamos suave y dulcemente disfrutando de cada sensación, beso, abrazo y gemido para unificarnos y por última vez convertirnos en ese ser que vivía, respiraba y emanaba lujuria,sexoy pasión.

Con los ojos llenos de lágrimas nos dimos ese último beso, aquél que mis labios atesoran a pesar del tiempo. Aún  hoy si cierro los ojos puedo percibir el calor de su boca rozando la mía, la humedad de su lengua  y la sensación de su pelo enredado entre mis dedos…



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2 comentarios
Lo mejor de Ocio en 10 links | Celiacos comentó el 19.04.2009 a las 6:36 am

[...] [Relato erótico] Ese último beso (por sexología) sas_pageid='5601/46473'; // P

CARLOS POLANCO comentó el 10.05.2009 a las 13:13 pm

Excelente relato, me encantó, felicito el arte que tienes de darle vida a tus relatos, al leerlo sentí que vivia cada segundo cada instante como si estuviera allí presenciando lo que ocurria, felicidades, cuentas con un nuevo admirador y fiel lector.

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