mar
20
2009
Después del divorcio decidí cambiar mi vida, necesitaba empezar desde cero por eso fue que me mudé a ese pequeño pueblo que de casualidad figuraba en algún que otro viejo mapa. Allí todo mundo se conocía y la presencia de una mujer extraña acaparaba todas las miradas, yo era una extranjera en sus tierras, un sapo de otro pozo que había saltado dentro de su charco.
Entre ojos inquisidores, sonrisas forzadas y curiosas, a diario me fui mostrando y charlaba con cuanto vecino se me cruzara por delante. Poco a poco los pobladores fueron tomando confianza y me aceptaron como parte de la comunidad, aunque cada tanto podía sentir un resabio de recelo en sus gestos.

Pero el tiempo fue pasando y confieso me sentía algo sola por lo que creí que un poco de contención espiritual me haría sentir mejor. Era sábado por la mañana, en el ambiente reinaba una temperatura agradable típica de un amanecer primaveral y un aroma a flores recién abiertas inundaba el aire.
Sin saber muy bien porqué, sentía que necesitaba ver al párroco de la Iglesia, el que por cierto era uno de los pocos vecinos que aún no había conocido. Cuando llegue a la capilla estaban celebrando una misa por lo que esperé sentadita en la última hilera de asientos, al terminar y cuando la gente se retiraba me aproximé al sacerdote para entablar conversación.
En cuanto se dio vuelta para responder a mi llamado quedé paralizada, un par de farolas azules intensas me miraban fijamente a la vez que me ofrecía la más dulce de las sonrisas, el cura era un Adonis, el hombre más bello que había visto en toda mi vida. Ruborizada y algo tartamuda me presenté; él me comentó que había llegado a sus oídos mi llegada al igual que varias hipótesis sobre mi persona.
Durante un buen rato nos quedamos hablando, el tiempo pasó tan aprisa sin que ninguno de los dos lo notara y desde esa mañana mis visitas a la parroquia se fueron incrementando hasta que no pasara un día en que no pisara el santo refugio.
A los meses caí en la cuenta de que me había enamorado del cura, no lo quería admitir pero lo deseaba en cuerpo y alma como a ningún otro hombre en mi vida. Lo más dramático del asunto es que estaba convencida de que a él le pasaba lo mismo pero se contenía por sus votos de castidad y por temor a que alguien se enterase.
Después de meditarlo arduamente me dije a mi misma: La vida es una sola y hay que vivirla. Entonces lo invité a cenar a casa esa noche…él aceptó encantado.
Durante la comida no apartaba la vista de mi cuerpo y seguía cada uno de mis movimientos hasta llegué a pillarlo espiando por el escote de mi vestido. Podía distinguir el brillo de la lujuria destilando por sus poros, era evidente que el hombre me deseaba, que su cuerpo quería satisfacerse con el mío y sucumbir en un ardiente encuentro carnal.
Sin decir nada pero diciéndonos todo, nos abalanzamos uno sobre el otro fundiendo nuestras bocas sedientas de besos, susmanosrecorrían mis curvas y las tanteaban como un ciego prestando atención a cada partecita de piel. Loca de pasión y con los dedos torpes trataba de librarlo del tabú de la Iglesia y dejarlo como Dios lo trajo al mundo solo para mí.
Cuando nuestros cuerpos pudieron escapar de la prisión de la ropa se amalgamaron hasta parecer uno, enroscados sobre el lecho nos amamos con devota pasión y dimos riendas sueltas a toda la furia contenida.
Necesitaba mamársela quería sentir el sabor de su semen escurriendo por mi boca, así que tomé elsexoduro y lo engullí hasta el fondo, succionando su cabeza, lamiendo los bordes y mordiendo suavemente el tronco. Se la chupé de tal forma que al poco rato explotaba en una catarata blanca que rebalsó de mis labios y se deslizó por entre mis tetas.
Pero todo mi ser quería probarlo… mis nalgas abiertas recibieron su duro y caliente miembro que lentamente se abrió paso entre ellas, mi cuerpo se arqueaba y él con susmanossostenía lospechoscomo si tomara las riendas de una yegua salvaje para domarla.
Entre una y otra embestida los orgasmos llegaban por montones, mi vagina palpitante no dejaba de pedir más y yo intentaba calmarla frotándola con mis dedos. De un manotazo el cura me tumbó de espaldas y calzó mispiernassobre sus hombros mientras apuntaba con su verga hacia mi vulva, cuando me penetró el placer que experimenté fue indómito por lo que acabé casi al instante y empapé susexocon mis fluidos.
La satisfacción que sintió fue el mejor estimulante, como un macho cabrío me montó descontrolado agitándose en el aire mientras vociferaba gemidos de placer. Su pene grueso e hinchado entraba y salía reluciente, escurridizo y sensual mientras mismanosse clavaban en su carne a la vez que sus dedos jugueteaban con mi lengua.
Durante algunos meses nos encontramos a escondidas, por las noches camuflados por la penumbra… pero como bien dice el refrán “En pueblo chico infierno grande”. Tuvimos que dejar la zona y regresar a la cuidad donde comenzamos una nueva vida y yo di vuelta la página que había dejado abierta.
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Categoría Noticias, Relatos Eróticos
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Afrodita