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Aunque en muchos países los códigos penales respectivos tipifican a las conductas discriminatorias hacia las conductas sexuales como un delito, no son muchos los que se animan a aplicar las sanciones pertinentes a quienes, en un claro acto de intolerancia, emiten juicios de valor o descalifican a quienes practican una sexualidad diferente.

Como antecedente de peso baste citar la multa de 5 mil dólares (una propina para él) que debió afrontar Allen Iverson, el mundialmente conocido jugador de baloncesto de las ligas americanas, por proferirle a modo de insulto la palabra faggot (maricón) a un espectador que según el jugador, había estado molestándole durante todo el partido.

Anécdotas aparte, lo cierto es que las cortes mundiales se escudan en la “falta de denuncias” y ésto tal vez se deba a la aceptación social de que gozan ciertos términos que lejos de ser insultantes, se refieren a conductas sexuales privadas.

Homosexuales hay en todos los ámbitos de la sociedad, desde encumbrados científicos, deportistas y artistas, hasta maestros, médicos y sacerdotes de cualquier ciudad. Considerar la sexualidad de la persona, por el sólo hecho de ser distinta a la propia, como motivo para descalificar a un individuo o impedirle el acceso a un empleo por ejemplo, no sólo es abiertamente discriminatorio sino un signo de ignorancia que excede los límites de la comprensión y se convierte inexcusablemente en un delito.

Seas o no homosexual, no permitas que te discriminen por tu manera de disfrutar del sexo. Y tampoco califiques ligeramente como si las palabras carecieran de sentido. Sólo entonces podremos empezar a construir sociedades respetuosas, tolerantes y por sobre todas las cosas equitativas para todos.



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