
Sonia aparentaba ser una mujer normal. Como muchas féminas era independiente, desde joven trabajaba y vivía sola en un piso céntrico, era callada, reservada y no hacía amistades con la gente.
Su cerrada personalidad lograba que los vecinos la tildaran de extraña, amargada y antipática; contadas veces alguno había recibido un esquivo saludo de su parte, pero en general la mayoría no conocía ni el timbre de su voz.
En verdad nadie sabía de la auténtica Sonia, puertas adentro, en la intimidad de su hogar ella se despojaba de toda mascara y su verdadero yo salía a la luz. La mujer que habitaba en sus entrañas era la antíteisis de la que se dejaba ver, una dama sádica, mordaz y feroz se apoderaba de su cuerpo noche tras noche.
Tal cual engendro de Dr. Jeckill y Mr. Hyde, la genuina Sonia emergía de las profundidades de su vientre desgarrando la piel cada vez que gruesas manos masculinas apretaban su carne.
Samara, así se llamaba la identidad paralela de Sonia, la mujer que vivía en las sombras, ocultada bajo la fachada casta y arisca de una fémina aparentemente fría e insípida. Cuando el sol caía y la noche avanzaba sobre el horizonte Samara se hacía presente junto con un fuego abrasador que clamaba por carne fresca.
Ella amaba la violencia, el sexo duro y el sadismo, era capaz de experimentar el orgasmo más sublime cuando sometía o era sometida a secos azotes, desdeñes y torturas. El sólo hecho de ver en las nalgas de sus compañeros sexuales las marcas que les producían sus uñas la sumía en un estado de excitación incomprensible.
Noche tras noche, Samara llevaba a sus amantes a casa, siempre lo hacía con más de tres hombres a la vez aunque a veces invitaba a una mujer. Le gustaba saborear el dulce néctar femenino y a la vez gozar con la potencia cabría de un erecto macho en celo por detrás.
Las orgías eran su perdición, pasaba la noche entera sumergida entre muslos, brazos y semen. Todo el que conocía a la voraz Samara no podía olvidarla jamás. Ella contaba con un arsenal de instrumentos de tortura con los cuales sometía a los hombres y sodomizaba a las mujeres. El lecho donde se revolcaban los cuerpos desnudos emulaba un altar, un tabernáculo dedicado al dios del placer carnal donde Samara se retorcía y gemía como una fiera.
Una de las tantas madrugadas, cuando comenzaba la cacería nocturna sus ojos se toparon con la imagen de tres cuerpos, tres identidades que captaban toda su atención, sin titubeos se acercó e hizo su propuesta. Era adicta al sexo, no podía evitar ofrecerse y buscar placer en gentes extrañas.
Los personajes aceptaron con gusto, eran dos hombres y una exuberante rubia que sabía muy bien cómo atrapar la curiosidad de Samara. Se dirigieron a la vivienda y una vez dentro no tardaron en dejar su desnudez al descubierto.
Los 4 se enredaron en una maraña de besos, lamidos y toqueteos, los hombres les pidieron a las damas que comiencen primero para tener el gusto de observar. Las dos mujeres empezaron a explorar sus formas, con la lengua, las manos y los labios.
Samara olía cada rincón de piel inspirando profundo como queriendo que ese aroma quedara impregnado para siempre en su nariz pero la rubia de un manotazo la volcó contra la cama y se sentó a horcajadas sobre ella mientras refregaba su sexo contra el pubis, la tomaba por las tetas y jadeante se balanceaba cada vez con más fuerza hasta que ambas llegaron al clímax.
Los hombres miraban absortos el espectáculo lésbico que se desarrollaba ante sus ojos y sus manos no tardaron en hacerse presa de los miembros erectos, ellas ni los notaban, estaban hundidas en un mundo alterno donde sólo existían sus cuerpos sudorosos.
No aguantaron más y se unieron a la fiesta sexual fundiendo sus sexos con las vaginas dilatadas y húmedas de las féminas, así gozaron durante horas sucumbiendo una y otra vez a los placeres intensos de la carne.
Estaban tan enredados que era imposible distinguir cada individualidad, sólo se dejaban escuchar ensordecedores gemidos y gritos de éxtasis. Sus cuerpos encajaban a la perfección, Samara experimentaba sensaciones intensas e inigualables antes desconocidas para ella.
Samara explotaba, vibraba y gozaba como nunca antes, sus compañeros la tocaban, golpeaban y apretaban. Encendida como una hoguera lamía las vergas duras mientras disfrutaba de la lengua de su compañera sumergida en su clítoris.
A la mañana siguiente Sonia despertó desnuda, tendida de espaldas y sola. Ellos se habían marchado llevándose consigo la única fuente que calmaba su sed y contenía su otro yo. Desesperada, a diario iba en su búsqueda, pero nunca más les volvió a ver.
Aun ahora se la puede ver frecuentando los mismos antros con la mirada vaga y la cabeza vacía buscando esos cuerpos, esos jugos y ese olor intenso y agrio que se impregnó en su ser para nunca más abandonarla.
Publicado por afrodita en Relatos Eróticos el 25 Julio, 2008
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