Juan sabía que debía ceder ante sus deseos, sentía en lo más profundo de su ser que si no hacía lo correcto la perdería para siempre. Su mujer hacía tiempo estaba distante, y por más que le afirmase que nada le sucedía, sabía muy en lo profundo de su ser que ella tenía una aventura, seguro estaba llevando a cabo con alguien más esa fantasía que tiempo atrás había querido compartir con él…

Sonia se lo había pedido de mil maneras, le rogaba que al menos lo intentara y decía que si no probaba nunca sabría si le gustaba. Ella quería compartir a su hombre con otra mujer en el mismo lecho y amarla a ésta también mientras Juan las observara masturbándose. El se negaba, una y otra vez le propiciaba la misma negativa, sentía que si accedía la estaría traicionando, él nunca podría tocar otra piel que no fuera de la Sonia, eso era inadmisible - al menos por aquél entonces-.

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Después de meditar durante horas, Juan cayó en la cuenta de que debía complacer a su esposa o quizás jamás la volvería a ver. Lleno de dudas y temores, esa misma noche habló con su mujer y le propuso un trato, sería él quien eligiera a la otra y daría todo de sí por complacerlas a ambas pero no le aseguraba que le fuera a gustar. Sonia dio un brinco de alegría y de inmediato tomó el ordenador para que su marido concrete con alguna mujer en las páginas de citas.

Luego de un buen rato de búsqueda dieron con la que creían indicada, Ingrid una chica rusa, rubia, bisexual y muy bien dotada. A Sonia se le humedecía la entrepierna con tan solo ver la foto y Juan tuvo que admitir que sus curvas le calaban hondo. Llegaron un acuerdo con la desconocida, que se mostró gustosa de revolcarse con un matrimonio, era el trío que deseaba.

La noche de la cita, Juan estaba hecho una bola de nervios y Sonia se veía resplandeciente de excitación, él podía notar como las mejillas de su esposa se ruborizaban cuando trataba a la ninfa rubia de profundos ojos azules. También cayó en la cuenta de que a él le atraía la mujer, lo cierto es que no habría hombre capaz de resistirse a sus encantos.

Sin  mucho preámbulo la rubia comenzó a desvestirse y a entablar un juego erótico con Sonia que se desarmaba entre sus blancas manos; al poco rato e ignorándolo por completo, ambas mujeres se habían sentado excitadas al borde de la cama y Juan miraba estupefacto cómo se manoseaban.

Los dedos de Sonia se abrían paso por la entrepierna de la rubia que a su vez gemía y succionaba las mismas tetas firmes que tantas veces él había mamado. Su cuerpo comenzó a reaccionar y su falo -antes inerte- cobraba vida bajo los pantalones. Las chicas estaban en su mundo, fusionando sus bocas con las lenguas mientras frotaban sus vulvas con laspiernasentrelazadas.

Juan, sudaba, babeaba y se relamía ante lo que presenciaba. Susmanostemblorosas desprendían uno a uno los botones del pantalón hasta dar con la verga hinchada que afloraba como un mástil. Juan se masturbaba con ahínco mientras las miraba embelesado. La situación le parecía de lo más extraña pero del mismo modo ardiente y atrapante.

Sonia tenía ahora la vista fija en el miembro amoratado entre sus manos; con un ademán lo atrajo hacia la cama y comenzó a mamarlo mientras la rubia bajo suspiernasla deleitaba con sus labios. La mujer succionaba su pene hasta tragárselo por completo, exprimía sus testículos y los estiraba al mismo tiempo que su cuerpo se retorcía de placer con los besos de Ingrid. El hombre explotó y llenó las fauces de su esposa con el espeso y blanco semen, entonces la rubia se incorporó por entre laspiernasde Sonia y le dio un profundo beso porque querría probar el jugo del placer de su marido.

Juan enloqueció,  tomó a la rusa por detrás y con el falo nuevamente erecto comenzó a cabalgarla con un hambre voraz, Sonia excitada y semi reclinada sobre la cama friccionaba su clítoris y sobaba sus tetas a la vez que le regalaba las más intensas miradas de placer a su marido. Luego, con laspiernasbien abiertas, se acercó nuevamente a la boca carnosa de la rubia que se sirvió a gusto de lamielde su sexo.

Él estaba totalmente desquiciado y ardiente, quería fornicarlas a las dos a la vez por lo que se recostó en el lecho, le indicó a su esposa que se colocara a horcajadas sobre su pelvis y a la rubia que ofreciera susexoante su boca.

Los tres amantes gemían de placer, Sonia e Ingrid se toqueteaban y besaban sobre el cuerpo tenso de Juan que parecía estallar de tanta excitación. El balanceo constante hacía rechinar los resortes de la cama y los eróticos jadeos femeninos inundaban el ambiente creando un clímax increíble.

Una explosión, la corriente eléctrica del deseo recorriendo la carne y el estallido del placer dieron fin a la orgía con unorgasmode proporciones colosales. Sudorosos  y agotados los amantes se cobijaron uno al lado del otro, para nunca separarse.



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