
Sudada trataba de escapar de las manos gruesas y fuertes que la sujetaban con furia. Sus piernas ágiles se trenzaban en una lucha encarnizada con esa pelvis impetuosa que pretendía aproximarse hacia su sexo.
Tendida sobre la hierba y amarrada entre unos varoniles brazos Irma permanecía inmovilizada, incapaz de defenderse. Ese extraño le tapaba la boca para que no gritase en y su lengua se empapaba con el sudor salado que éstas emanaban, progresivamente y presa del cansancio sus muslos cedían ante la fuerza de ese macho en celo y dejaban al descubierto su flor.
Él apresurado arrancó la bragas color carne que la cubrían, al instante sus dedos estaban inmersos y embebidos con los fluidos de Irma e indagaban en la profundidades de su vulva. Preso de un estado hipnótico el extraño los olía y lamía con un éxtasis tal que manaba a borbotones por sus ojos.
Se bajó los pantalones torpe y bruscamente, el deseo lo carcomía, su verga erecta y dura como un mástil estaba impaciente por salir del encierro de entre las piernas.
Luego de forcejear y luchar con la ropa el hombre sacó su reluciente pene para introducirlo sin preámbulos en las entrañas de la pálida y asustada mujer que yacía debajo, temblando como una hoja y bañada en sudor frío.
Le abrió las piernas, se las colocó una a una sobre los hombros y aproximó su sexo al de ella, Irma sentía la proximidad de ese miembro húmedo y caliente, todo trascurrió en un lapso de tiempo que parecía correr en cámara lenta hasta que experimentó cómo la sensación de vacío a la cual estaba acostumbrada se llenaba y rebalsaba.
Ella no entendía porque pero empezó a gozar, a sentir placer mientras era embestida a la fuerza por un desconocido, súbitamente se relajó dejándose llevar por los deseos de su propia carne, gemía, gritaba y se convulsionaba de éxtasis.
Los pechos de Irma que hacía tiempo no eran posesión de otras manos más que las de ella parecían regocijarse con esos dedos gordos y ásperos que los envolvían. Su vagina se lubricaba cada vez más, el extraño percibió el gozo de la mujer y mejoró la postura para darle mayor placer.
Tomándola por las nalgas levantó sus caderas unos centímetros del suelo y presionó el sexo contra su pelvis para fundirse con ella. Irma enloquecía, presa del deseo comenzó a masturbar su clítoris friccionándolo rápidamente para acabar mil veces.
Ese extraño, ese hombre tosco y voraz que poseía su cuerpo sin consentimiento la estaba follando como nunca lo habían hecho, a ella le fascinaba cómo su cazador parecía devorar su carne en un rito sexual y sádico.
Los orgasmos se apoderaron hasta hacerla convulsionar, sus músculos antes flácidos se tensaban como roca y la espalda se le arqueaba hasta quedar curva sobre los brazos del peregrino que no cesaba con las embestidas.
Ciega de placer Irma se tumbó de fauces y le rogó a su abusador que la penetre por detrás a la vez que ella misma abría el espacio entre las nalgas para mostrarle el camino directo a su placer. Las sensaciones se multiplicaron por mil, todos los vellos de su cuerpo se erizaban y un escalofrío le recorría tal descarga eléctrica.
Irma tragaba pasto y tierra por estar con la boca pegada al suelo pero no podía contener la necesidad de abrir sus labios ni controlar los movimientos circulares y rítmicos de su lengua, quería lamer, morder, gozar y fornicar con ese cuerpo que la poseía por detrás.
Aún descolocada y con ardor en el vientre Irma le pidió que se recostara porque deseaba fregarse contra su verga, él accedió sin preámbulos y la mujer se lo montó a horcajadas.
Balanceándose como una fiera, enloquecida y ciega de placer tomaba sus propios pechos e intentaba lamer los pezones extendido la lengua llena de saliva, el hombre se excitaba cada vez más y su verga aumentaba de tamaño tensándose y alargándose hasta llenar cualquier espacio vacío dentro de Irma.
Los ruidos mojados del sexo acompañaban el concierto de gemidos que desprendían las gargantas de los amantes, de repente los cuerpos se aferraron y tensaron al unísono mientras el placer carnal más intenso hacía nido en sus sexos.
Irma reía jadeante y se regocijaba relamiéndose como una gata, acariciaba todo su cuerpo con las manos temblorosas mientras las gotas de sudor caminaban por sus pechos cayendo desde los pezones hasta el rostro extasiado del extraño.
Una quisquillosa campanilla la llevó a la realidad, despertó en su lecho, húmeda, caliente y agitada; desconcertada miraba hacia los costados buscando a su compañero y sólo encontró la penumbra de su habitación.
Necesitó un par de segundos para darse cuenta de que todo había sido un sueño, pero aún así su cuerpo creía lo contrario y sonriendo pícaramente se sumergió nuevamente entre las sábanas con la esperanza de reencontrarse con aquél hombre que la había quebrantado en sueños.
Publicado por afrodita en Relatos Eróticos el 29 Agosto, 2008
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