Cuando desperté de lo primero que me di cuenta fue que me encontraba en una habitación desconocida, con las manos atadas y una mordaza en la boca que me dificultaba respirar. Luego descubrí que estaba totalmente desnuda, me habían quitado la ropa y mi cuerpo exuberante relucía sin tapujos.
Tumbada de bruces sobre la cama intenté incorporarme para buscar la manera de salir de ese encierro, asustada recorrí cada rincón del cuarto pero al estar en penumbras no podía distinguir con claridad lo que había allí dentro.

Cuando mis pupilas se acostumbraron a la poca luz reinante di con el picaporte de una puerta, pero sin suerte, estaba con llave. La desesperación comenzó a aumentar y las lágrimas humedecieron mi rostro. No sabía qué hacer, gritaba y no recibía respuesta alguna.
Pasaron las horas, no puedo asegurar cuántas ya que ahí dentro los segundos parecían eternos, hasta que oí unos pasos que se aproximaban. De repente tres hombres abrieron la puerta, no pude divisar sus rostros porque la claridad que provenía de afuera me encegueció.
Se me acercaron, amarraron más fuerte las sogas que ataban mis muñecas y vendaron mis ojos. Yo era presa del pánico, escuchaba sus voces diciéndome que me calmara mientras sentía que varias manos acariciaban mi carne.
No puedo explicar porqué pero comencé a disfrutar de ello, me sorprendí a mi misma gozando de ese contacto cuando me escuché gemir de placer al momento de que uno de ellos comenzó a lamer mi vagina.
Sin que me fuercen, abrí las piernas de par en par, para que ese hombre pudiera desplazar su lengua por donde quisiera, me dejé llevar y entregué mi cuerpo a esos desconocidos, sucumbiendo al éxtasis que me propiciaban.
El no poder ver lo que sucedía encendía más el fuego de mi vientre, las sensaciones táctiles se multiplicaron y ampliaron por mil haciéndome vibrar de satisfacción.
Una voz varonil me indicó que me colocase en 4 patas para que todos podamos disfrutar y así lo hice. Me puse de rodillas con las piernas bien abiertas para seguir sintiendo el placer de esa lengua caliente restregándose contra los labios de mi vagina.
No puedo explicar el goce que me dio percibir que tomaban mis senos para cubrir una verga dura y gruesa que habían depositado entre ellos. Yo quería lamerla, chuparla, succionarla y comerla hasta el fondo, rogué por eso y me quitaron la mordaza para que disfrute del miembro que tenía enfrente.
Luego descubrí cómo el tercero de ellos metía sus dedos entre mis nalgas, de inmediato respingué el culo para que el orificio quedara bien a la vista, el hombre introdujo su pene lentamente y luego empezó a moverse como tanto me gusta.
El placer era increíble, todo mi cuerpo parecía estallar a tal punto de no soportar tanta estimulación. Fue sensacional experimentar los orgasmos de tres hombres a la vez, sentí cómo la verga del que me penetraba por detrás se hinchaba y expulsaba todo su semen que descendía hacia mi vulva; al que yo le practicaba sexo oral lo hice correrse con mis lengüetazos y el que estaba debajo de mí supongo se estaría masturbando a la vez que me basaba porque escuché sus gemidos de placer.
Me resulta imposible describir las sensaciones, sólo puedo decir que me corrí más de 10 veces en tan sólo un rato, nunca me había pasado. Pero a pesar de esto mi vagina estaba abierta y mojada, clamaba a gritos por ser llenada.
Uno de ellos metió primero sus dedos dentro de ella y me masturbó hasta volverme muy loca, luego jugó con su sexo sobre el mío, lo restregaba desde un extremo al otro hasta que por fin lo sumergió en las profundidades de mi vientre.
Los otros dos ofrecieron a mi boca sus penes nuevamente en alza a los cuales lamí y succioné con pura devoción, abrí las fauces para absorber uno de esos sexos mientras el otro se divertía hurgando el espacio entre mis pechos. Nuevamente mi cuerpo se electrizó, una oleada de calor invadió cada una de sus fibras y el mayor orgasmo que experimenté en la vida hizo nido en mí.
De repente un ruido ensordecedor me sobresaltó. Ya era de día y el despertador anunciaba que debía levantarme para ir a trabajar aunque no me importó porque sabía que por la noche volvería a encontrar a quienes me hicieron gozar.
