Juan sabía que debía ceder ante sus deseos, sentía en lo más profundo de su ser que si no hacía lo correcto la perdería para siempre. Su mujer hacía tiempo estaba distante, y por más que le afirmase que nada le sucedía, sabía muy en lo profundo de su ser que ella tenía una aventura, seguro estaba llevando a cabo con alguien más esa fantasía que tiempo atrás había querido compartir con él…

Sonia se lo había pedido de mil maneras, le rogaba que al menos lo intentara y decía que si no probaba nunca sabría si le gustaba. Ella quería compartir a su hombre con otra mujer en el mismo lecho y amarla a ésta también mientras Juan las observara masturbándose. El se negaba, una y otra vez le propiciaba la misma negativa, sentía que si accedía la estaría traicionando, él nunca podría tocar otra piel que no fuera de la Sonia, eso era inadmisible - al menos por aquél entonces-.

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Lahumedady el calor eran insoportables. El arcaico ventilador de techo sólo conseguía remover el denso tufo conglomerado en la pequeña habitación. Helena habría querido cambiar de cuarto, pero todos los de la vieja pensión estaba ya ocupados. Sólo dos días, sólo dos días… se repetía a sí misma para tratar de aguantar y no desesperarse.

Quería conciliar el sueño, estaba terriblemente cansada, pero el vaho reinante y su piel empapada en sudor no la dejaban. Ya se había duchado tres veces y no sentía ganas de tomar nuevamente todos los cachivaches y dirigirse una vez más al aseo que quedaba al final del largo pasillo. Esa sola idea la ofuscaba, ya que un efímero baño sólo le otorgaría un instante de frescura para luego ceder ante las agobiantes temperaturas de la cuidad.

Mientras se arremolinaba sobre la cama la aparición de un golpeteo extraño captó su atención; con los ojos ceñidos y la oreja apuntando al techo agudizó el oído. No demoró mucho tiempo en descubrir la razón del alboroto… ese era el ruido de la pasión, delsexodesenfrenado sobre un viejo catre dehierroque se taconeaba contra el fino piso de madera.

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Era mi primer año en el Instituto y aún no me sentía muy a gusto con mi nuevo rol de “estudiante universitaria”, con tan solo 17 años ese título llegaba a asustarme, por otro lado viniendo de un pueblo chico, las austeras y magnánimas paredes del viejo, gris y frío edificio donde se conglomeraban miles de jóvenes me hacía sentir pequeña, casi insignificante – una simple hormiguita en medio de una vorágine de rostros desconocidos-.

Pero esta sensación de ser nadie en medio de la multitud a la vez me traía algo de tranquilidad, iba a poder gozar del anonimato…, allí nadie me conocía, en ese lugar ningún alma se detendría a juzgarme ni estaría al pendiente de mis actos y en caso de que lo hicieran al poco tiempo lo habrían olvidado. Ya no haría falta esconderme tras las sombras.

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Desde que tengo noción mi cuerpo me pide a gritos que lo satisfaga. Con mismanoso las de quien esté dispuesto a darme goce-poco me importa el modo- con tal de conseguir lo que ansío.

Soy adicta a los placeres de la carne, no puedo estar sin sentirme poseída, penetrada y vapuleada, quizás es por ello es que noche tras noche revivo este mismo sueño…

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Cuando conocí a Miguel creí que no existía hombre sobre la faz de la tierra que pudiera superar su belleza… moreno, alto, de ojos intensamente verdes y un con un físico abrumador. En la intimidad todo era casi perfecto, sus suaves ondulaciones y el poderoso ritmo de su pelvis me trasportaban a la cima del placer con cada sacudida. Él sabía cómo hacerme gozar, me follaba de forma ruda y vigorosa tomando mi carne para hacer con ella lo que le viniera en gana.

Pero faltaba algo, si bien el éxtasis y el placer no menguaban nunca, luego de hacer el amor con Miguel seguía sintiendo que me faltaba algo, una parte de mi no se hallaba colmada sólo por el hecho de ser la dueña de su cuerpo.  Ahí fue que me di cuenta que la satisfacción sexual y la excelsa conexión carnal que teníamos no era nada sin el amor, no sólo quería sentirme deseaba también necesitaba sentirme amada e idolatrada, saber que era la razón de existir de otra persona.

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El sabor de lo prohibido es el condimento que le da sazón a nuestra relación y por ello cada encuentro es tan picante. No consigo resistirme a sus besos, sus caricias ni al olor de su piel, en cuanto lo tengo frente a mi caigo rendida en sus brazos dispuesta a que susmanosme den forma.

Las horas durante las que debemos pretender no conocernos más que “de vista” se hacen interminables por ello con frecuencia saciamos nuestras ganas escabulléndonos a escondidas en el toilette  más lejano de la oficina, cerramos la puerta con seguro y fornicamos como animales en celo sobre el retrete o el lavabo.

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Hacía tan solo unas horas que le conocía y ya me derretía, ese hombre tenía un nosequé que me atraía como un imán. Su cuerpo, su boca, esos profundos ojos negros… todo él me incitaba al pecado.

Acurrucados en el sofá más recóndito y escondido de la disco nos abalanzábamos uno sobre el otro desenfrenados en la búsqueda del placer prohibido, del elíxir sexual que pudiese saciar la sed del instinto carnal. Me excitaba el escuchar su respiración acelerada, percibir los latidos de su corazón sobre mi pecho y el jugueteo de esa lengua caliente que se arremolinaba dentro de mi boca.

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Era una situación incómoda pero poco me importaba. Dentro del carro el ambiente estaba tan caliente que los vidrios de las ventanillas se veían empañados y me hacían recordar a una escena de la película Titanic.

Reclinando el asiento y con la falda enrollada hasta el abdomen me había sentado a horcajadas sobre su pelvis mientras friccionaba mi sexo contra el suyo…sabía cómo excitarlo hasta volverlo loco como un macho en celo. Le besaba elcuellorecorriendo con mi lengua húmeda toda su extensión hasta detenerme en sus orejas para mordisquearlas, disfrutar de sus gemidos y de su respiración acelerada.

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Ya lo habíamos decidido, teníamos que terminar la relación porque la situación nos superaba y todos comenzaban a sospechar. Su mujer y mi marido se habían convertido enavesde rapiña expectantes y vigilantes esperando pacientemente la oportunidad de atrapar a su presa.

No podíamos arriesgarnos más, nos jugamos demasiado en cada encuentro y ninguno de los dos quería perder lo que tenía en casa pero como lo nuestro era tan intenso nos merecíamos la posibilidad de despedirnos en aquélla habitación de hotel que conocía cada palmo de nuestros cuerpos.

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Hacía tiempo que le deseaba, años más bien. El ingresó a la facultad junto conmigo y terminamos al mismo tiempo y gracias a las vueltas del destino nos tocó hacer la residencia en el mismo hospital.

Allí todas las demás médicas y las chicas de enfermería estaban locas por él, en verdad era un hombre apuesto, alto, de buen porte y con unos increíbles faroles verde esmeralda que parecían brillar como dos estrellas. Era imposible que una mujer no se fijara en su sonrisa, en esa boca carnosa y tierna que daban ganas de partir con un beso y en su personalidad, tan seductor,mujeriegoy vivaz. Carlos era todo un Casanova.

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Sentía como susmanosgruesas se colaban por entre mi falda hasta toparse con mis bragas las que deslizaba sin dificultad. Yo estaba inmóvil con laspiernasextendidas, la blusa a medio quitar y mis calzones ya colgando de uno de mis tobillos.

Tumbada de espaldas sobre esa cama mullida y sedosa dejaba que ese hombre apenas perceptible para mis ojos hiciese lo que gustase con mi carne. Él se tomaba el tiempo necesario para explorar cada centímetro de mi cuerpo, delicadamente quitaba una a una mis prendas y olía la piel que se mostraba debajo.

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Después del divorcio decidí cambiar mi vida, necesitaba empezar desde cero por eso fue que me mudé a ese pequeño pueblo que de casualidad figuraba en algún que otro viejo mapa. Allí todo mundo se conocía y la presencia de una mujer extraña acaparaba todas las miradas, yo era una extranjera en sus tierras, un sapo de otro pozo que había saltado dentro de su charco.

Entre ojos inquisidores, sonrisas forzadas y curiosas, a diario me fui mostrando y charlaba con cuanto vecino se me cruzara por delante. Poco a poco los pobladores fueron tomando confianza y me aceptaron como parte de la comunidad, aunque cada tanto podía sentir un  resabio de recelo en sus gestos.

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Esa tarde el metro estaba casi vacío por lo que pude darme el gusto de tomar el asiento que quisiera, contenta por la buena noticia, me acomodé y me dispuse a escuchar música porque el viaje de regreso a casa era bastante extenso. No fue sino hasta un rato largo de haber subido que le noté.

En un principio percibí que una mirada penetrante me observaba, recorrí visualmente todo el metro hasta que di con el dueño de esos fuertes ojos. Ese hombre tenía la vista puesta fija en mi persona, seguía cada uno de mis movimientos y prestaba atención a cada detalle.

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Esa tarde volví muy agotada a casa, había tenido una jornada agitada en el trabajo por lo que sólo deseaba desnudarme y sumergirme en la bañera llena de suave y cálida espuma. Una vez en el baño abrí el grifo y lentamente me fui quitando la ropa que dejé tirada a desgano en el suelo.

Eché sales y gel de ducha al agua mientras respiraba profundo inhalando el agradable aroma que inundaba la habitación. Primero metí un pie, luego el otro y lentamente sumergí mi cuerpo, pero al mirar de refilón la ventana semi abierta pude divisar que a lo lejos una figura masculina parecía observarme. En ese momento poco me importó, hasta confieso que despertó el morbo en mí.

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El ver filmes porno con mi marido era bastante habitual. Los usábamos para dar lucha a la rutina,  descubrir nuevas formas de amar y aumentar el deseo en nuestra pareja. En verdad disfrutábamos muchísimo hacer el amor mientras observábamos a los actores follar de mil formas distintas, era excitante por las escenas fuertes y porque en cierta forma nos sentíamos parte del elenco.

Hacía tiempo ya que el asunto de las orgías amatorias elevaba mi temperatura, verlas en los filmes XXX era algo habitual pero concretar esa fantasía en mi propio lecho me resultaba un tanto intimidante por lo que no me atrevía a compartirla con mi marido.

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