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¿Es necesario estar
enamorada y que él lo esté para vivir una pasión sin
límites?
No siempre amamos a quien
deseamos, ni deseamos a quien amamos. Y esto a veces crea un
cierto mal de conciencia. Pero, ¿acaso no se puede disfrutar
de la sexualidad sin que haya un compromiso de por medio?
Las opiniones son muchas, y tan diferentes... Pero la opción
ha de ser tuya.
La problemática del sexo, como
fuerza irrefrenable, ha pasado del más severo de los
controles a la más bella de las satisfacciones. Muchas veces
el camino hacia el sexo es lo más parecido a una carrera de
obstáculos, pero esta vez, morales. Y es que a veces parece
que el amor da al sexo una especie de cubierta ética que
hace que la vida sexual pueda vivirse sin culpas. Esa
moralidad está constituida por un conjunto de normas que nos
dicta lo que está bien hacer y lo que está mal.
"Definitivamente está mal tomar
al otro como objeto sexual", nos dictan las convenciones
culturales y sociales. Pero llegado el momento de la
intimidad ¿quién podría afirmar si es sujeto u objeto de
deseo? ¿No se es, acaso, las dos cosas al mismo tiempo? El
deseo por lo que está por venir Dejarse seducir es un
pasaporte a la aventura. Como todo viaje a lo desconocido,
implica riesgos y limitaciones a las que una se expone.
Abandonar el miedo y dejarse
conducir por los territorios inexplorados del erotismo,
propio y ajeno, es posible tanto entre un matrimonio como
entre un hombre y una mujer que se acaban de conocer. El
deseo aparece cuando no se conoce lo que está por venir.
Descubrir el secreto que se esconde debajo de los atuendos
cotidianos es una invitación al placer. Es tomarse
vacaciones de la realidad, y dar lugar a las fantasías.
Cuando
se produce un encuentro con un desconocido lo previsible
queda absolutamente de lado, nada sabemos de ese otro: sólo
que nos resulta atractivo y nos provoca ese "extraño
cosquilleo".
¿Quién
pude negar la jovialidad que imprime en nuestro ánimo
sentirse deseado por la persona que nos gusta? Se necesita
un poco de suspenso, aceptar el desconocimiento de esa
"verdad" que será revelada en unos momentos. Esperar con
ansias el instante de la revelación, de la experiencia
mística de lo extraño
¿Remordimientos? ¿Compromiso?
El juego de las formalidades
entre dos personas que no se conocen, pero que se atraen,
pone en funcionamiento un sinfin de estrategias; el cuerpo
comienza a hablar por sí solo, los gestos, lo que no se dice
o lo que se desliza entre las palabras dan la clave de la
aceptación.
El
secreto de lo que cada persona es queda confinado al ámbito
de lo privado y es ese el lugar donde se desatará el combate
por el descubrimiento. Y pese a lo maravilloso que pueda
resultar el conocerse con otro sólo a través del sexo, nos
dejamos conducir por prejuicios sociales y reglas morales.
Acaso, ¿no seguimos considerando más elevado
"El Sexo con Amor" y de un modo inferior, como en el zócalo de nuestra
sexualidad, "el sexo sin amor"? ¿Será que se continúan
considerando como más gratificantes las pasiones
comprometidas que las que sólo ponen en juego al cuerpo, al
menos en primera instancia? ¿Por qué no podemos pensar que a
veces la sexualidad trasciende los límites de lo meramente
físico y que nos otorga un goce, de otro orden, tan
conmovedor como el éxtasis que nos provocaría si se
involucrara el amor? Vivir un sexo divertido.
La sexualidad en la mayoría de
las personas es vivida con solemnidad. ¿Por qué?, ¿Acaso el
placer no aporta felicidad y, como todo lo que nos hace
felices, también nos da alegría? Vivir el sexo como algo
divertido, es algo que no todas las personas se permiten. El
cuerpo es la primera posesión que cada ser humano tiene
desde el momento que nace, la más natural y la más legítima.
Por medio de la sexualidad y del uso que hacemos de ella,
nos estamos haciendo dueños de nosotros mismos.
Después de la llegada de Freud
y su invención del psicoanálisis en plena época victoriana,
la sexualidad comienza a tomar para el ser humano un ámbito
mucho más amplio que el de las grandes convenciones morales
o el de los más liberales de los pensamientos. Desde esta
mirada no podemos dejar de lado que algo del orden de lo
afectivo está en juego en cualquier encuentro, aún en el más
fugaz. El cuerpo de cada uno no es sólo un mapa físico,
también conlleva todas las sensaciones y vivencias que dan
lugar a quienes somos.
¿Más
vale solo?
Nadie puede pensar que una persona que no está
comprometida debe renunciar al placer del sexo. Muchos
deciden estar solos. ¿Eso los inhabilita a llevar adelante
una vida sexual a la medida de su deseo? Y aunque la soledad
no forme parte de una elección, ¿hay que esperar a que
aparezca "el príncipe azul" o "la bella durmiente" para
mantener relaciones sexuales? Experimentar la calidez que
produce el contacto entre dos cuerpos, aunque no sea más que
por una noche, puede ser maravilloso y hasta puede resultar
una sorpresa inesperada.
¿Quién
dice que ese que duerme en este momento a tu lado, no sea la
persona que estabas buscando?
El miedo al compromiso Otra
mirada a la hora de abordar el tema del sexo sin amor puede
conducir a preguntarnos por el miedo al compromiso. La noche
esconde y oculta una gran variedad de
personas que temen ser
dominados por otro. El temor a perder la libertad se
presenta como uno de los principales impedimentos para
formar una pareja. La responsabilidad de llevar adelante una
relación, tanto en ellos como en ellas, los mueve casi al
pánico. ¿Qué se
esconde detrás de ese miedo, cuál es la libertad que se
pierde? ¿Será, paradójicamente, el miedo a poder elegir, a
inventar otras maneras de amar? No todo queda reducido al
plano de lo psicológico ni se requiere de un psicoanalista
para abandonar la soledad. Puede ser que el miedo al
compromiso exista; o también es posible que la soledad sea
tu mejor compañera. Ni una cosa ni la otra son un dogma. La
opción es tuya. Busca dentro de ti misma y escoge para ti. |