
Sudada trataba de escapar de las manos gruesas y fuertes que la sujetaban con furia. Sus piernas ágiles se trenzaban en una lucha encarnizada con esa pelvis impetuosa que pretendía aproximarse hacia su sexo.
Tendida sobre la hierba y amarrada entre unos varoniles brazos Irma permanecía inmovilizada, incapaz de defenderse. Ese extraño le tapaba la boca para que no gritase en y su lengua se empapaba con el sudor salado que éstas emanaban, progresivamente y presa del cansancio sus muslos cedían ante la fuerza de ese macho en celo y dejaban al descubierto su flor.
Publicado por afrodita en Relatos Eróticos el 29 Agosto, 2008
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