El agua cálida me envolvía por completo pero no conseguía apaciguar los latidos acelerados de mi corazón. El contacto con su piel caliente me estremecía y el caprichoso deslizar de nuestros cuerpos húmedos -que se movían al ritmo del placer- me sumía en un trance erótico, un estado tan insondable que llegaba a rozar lo hipnótico.

Estaba en verdad perdida dentro de sus profundos ojos, abandonada a la suerte de su boca y sofocada por el fuego de su lengua.  Mis manos, palmo a palmo,  recorrían su anatomía mientras inspeccionaban como un ciego las curvas de su cuerpo para plasmar a fuego su forma en mi memoria.

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